Estados Unidos, Rusia, China y el nuevo orden mundial

En geopolítica, la primera regla es empatizar con todos los actores de uncontexto determinado para comprender su visión, sus estrategias y sus decisiones tácticas. Hoy intentaremos comprender por qué Estados Unidos, Rusia y China — los actores geopolíticos más relevantes del mundo — actúan como actúan. Estados Unidos, Rusia y China, y no Trump, Putin y Xi, porque en geopolítica las personalidades y las ideologías pesan menos que los intereses nacionales y los factores antrópicos.

Las fracturas de América

Empezamos por los Estados Unidos, donde Trump es la expresión del desconcierto, del descontento e incluso de la depresión que atenaza a la sociedad. Es el producto de una nación dividida y consumida por la deslegitimación de las instituciones, por la incapacidad de los representantes electos de dar voz a su base, por la creciente divergencia de estilos de vida, por las fracturas culturales y por las migraciones internas que están llevando a una auto-segregación y a la incapacidad de comunicarse con quienes no pertenecen a la propia “tribu”.

Las fracturas identitarias se basan en distintas concepciones de la fe, del papel del Estado federal, de la justicia social, de los derechos de género y del ecologismo. Pero también en cuestiones más concretas y definidas, como el aborto, los impuestos, la asistencia sanitaria, la educación y el fracking. Sobre estos temas, hoy en día, en Estados Unidos, se llega a odiarse.

La América de Trump vive la decadencia de su clase media, provocada por la desindustrialización — iniciada con la aceleración de la globalización tras la disolución de la Unión Soviética — y caracterizada por la pérdida de poder adquisitivo, de estatus social y de las aspiraciones de alcanzar el sueño americano.

Aunque es un magnate neoyorquino alejado de la América profunda, Trump se ha convertido en el intérprete de un electorado compuesto en gran medida por la clase trabajadora blanca que se reconoce en su política contraria a la inmigración; así como por empresarios, sobre todo del negocio de la tecnología, y grandes corporaciones beneficiadas por su desregulación; ytambién por cristianos evangélicos y conservadores sociales atraídos por su agenda anti-woke.

Trump, además, es la expresión del descontento de amplios sectores de la población hacia el intervencionismo estadounidense en el extranjero, que no ha conseguido ninguna victoria desde la Segunda Guerra Mundial, sino solo derrotas en guerras sin fin y sin fines como las de Afganistán o Irak.

Por tanto, ha sido América quien ha creado a Trump, y no al revés. Si no hubiese aparecido Trump, habría surgido otra figura para identificar la estrategia que Estados Unidos se ve hoy obligado a adoptar, y habría seguido el mismo camino, quizá con un estilo distinto, con mayor altura moral y con mayor capacidad.

Todavía, Trump no debe ser subestimado. Tiene una gran habilidad para comprender cómo la insatisfacción generalizada ha generado una pérdida de confianza en las instituciones y cómo esta insatisfacción también está minando la fe de los ciudadanos estadounidenses en la eficacia de la democracia. Así, ha promovido y sigue promoviendo este proceso de deslegitimación con el objetivo de impulsar una evolución autoritaria que, según su visión, responde tanto al interés de la nación como al suyo.

En la percepción actual de una parte significativa de la opinión pública, las democracias de América del Norte y Europa son ineficaces y decadentes, si se las compara con los regímenes iliberales de Rusia y China, liderados por hombres fuertes y decididos, que parecen ser capaces de planificar a largo plazo y tomar decisiones rápidas y eficientes, al estar libres de la obligación de rendir cuentas y fuera de la jaula de pesos y contrapesos institucionales típica de las democracias liberales.

Por tanto, en el plano interno, el objetivo de la política de Trump es evidente: transformar el sistema institucional de Estados Unidos en una forma de democracia iliberal. Según su visión, solo un régimen que otorgue amplios poderes al presidente, sin limitación de mandatos, puede resolver los problemas actuales, tales como la pérdida de identidad, la desindustrialización, la ineficacia administrativa, las distorsiones de su sistema económico y la enorme deuda pública.

Esto explica sus medidas encaminadas, por un lado, a consolidar su base de apoyo y atacar a sus adversarios, y por otro, a ampliar los poderespresidenciales, debilitando las funciones del poder judicial y del legislativo, tomake Make America Great Again.

Para validar nuestro análisis, examinemos las órdenes ejecutivas emitidas por la administración Trump, sus declaraciones sobre programas concretos y sus amenazas sobre lo que podría hacer. Entre las principales órdenes ejecutivas se encuentran aquellas relacionadas con el desmantelamiento de organizaciones que garantizan y promueven la libertad de prensa, la eliminación de las políticas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión), el control de agencias federales independientes, el despido y la reestructuración de gran parte de la plantilla del Estado federal, y el uso del Alien Enemies Act para respaldar un programa masivo – y escenográfico – de deportaciones.

En cuanto a iniciativas y amenazas, cabe destacar las dirigidas contra el poder judicial, cuyas sentencias quedan ignoradas; contra los núcleos de oposición, tanto en la administración pública como en la sociedad civil; contra la libertad de expresión, especialmente en universidades y en el mundo académico; y para el desmantelamiento de departamentos federales de varios sectores.

El interés nacional de los Estados Unidos

Centremos ahora nuestra atención en la política exterior de la nueva administración Trump, para entender y contextualizar sus numerosos golpes de efecto, sus declaraciones y amenazas constantes, a menudo aparentemente cambiantes o incoherentes. Comencemos — como es obligatorio en geopolítica — por identificar las limitaciones y condicionantes actuales de Estados Unidos.

El primer punto que debe entenderse es que, hoy por hoy, Estados Unidos no está en condiciones de afrontar una guerra. Su industria de defensa se encuentra en estado comatoso tras veinte años de inversiones insuficientes.

Los problemas son numerosos: escasez de equipamiento, de armas y de municiones, ausencia de fábricas capaces de producirlas rápidamente, falta de mano de obra cualificada para fabricar armamento sofisticado y escasez de soldados.

A pesar de que ya han pasado tres años desde el inicio de la guerra en Ucrania, Estados Unidos solo es capaz de producir en un año las municiones necesarias para un mes de combate. Solo cuenta con una fábrica importantede municiones en Iowa y una única planta de producción significativa de pólvora en Luisiana.

Además, no tiene capacidad para construir buques en cantidades significativas. Los astilleros civiles, incluso si fueran reconvertidos para fines militares, son escasos e insuficientes para construir los barcos que serían necesarios en un contexto de guerra.

Tampoco dispone de los yacimientos de minerales críticos necesarios para la producción de tecnología militar avanzada. China controla aproximadamente el 70 % de las tierras raras a nivel mundial.

Por último, solo un bajo porcentaje de los jóvenes de 17 a 24 años es apto para el servicio militar. Una parte importante no es reclutable por trastornos psicológicos, problemas físicos (como sobrepeso, enfermedades, etc.) o bien por adicciones (alcohol, drogas, etc.), y entre los reclutables, son pocos los que estarían dispuestos a morir por la patria, y aún menos los que lo harían por Taiwán.

El Pentágono ha estimado que, en caso de una guerra con China por Taiwán, el arsenal de misiles de largo alcance — crucial para este tipo de conflicto — se agotaría en apenas dos semanas. Además, en los primeros días de los enfrentamientos, podrían morir entre 25 y 30 mil soldados estadounidenses.

Un precio inaceptable para la sociedad civil norteamericana. Cifras mucho menores provocaron protestas masivas durante la guerra de Vietnam.

Los estadounidenses no cuentan con un arsenal eficaz, no quieren gastar más en defensa y, sobre todo, ya no creen en luchar lejos de sus fronteras. No se trata solo de una cuestión económica, sino también de un sentimiento profundo. Por todas estas razones, el Pentágono ya advirtió durante el primer mandato de Trump que la nación no tiene la capacidad para luchar en más de un frente simultáneamente.

Si esta es la situación, ¿cuál es la grand strategy que se deriva de ella? Estados Unidos necesita ganar tiempo para prepararse ante futuras guerras. De ahí surge la necesidad de cerrar el conflicto en Ucrania, abrir un canal de diálogo con Moscú y coexistir con China. También, por eso, la prioridad de concentrarse, por ahora, en el hemisferio occidental y redefinir sus fronteras estratégicas, incluyendo a Canadá y Groenlandia — en función del peligro que próximamente llegará por el Ártico — y asegurarse, en primerlugar, el control del Canal de Panamá y, en segundo lugar, de América Central y América del Sur.

Por esta misma lógica, es necesario reducir la presencia y las inversiones militares en Europa, moderar el tono respecto a China y delegar en Israel el control de Oriente Medio, otorgándole carta blanca. Y también garantizar el acceso a metales críticos en Canadá, Groenlandia, las Américas, África, Ucrania y hasta Rusia.

Entonces, Trump, con sus iniciativas y amenazas, está persiguiendo el interés nacional estadounidense. Lo hace con su estilo de matón acosador y con una falta de escrúpulos que arrasa con relaciones de largo plazo, ignora el derecho internacional, viola la sacralidad de las fronteras nacionales y condena a los pueblos al genocidio o a la deportación.

Todo esto no significa que Estados Unidos se haya vuelto aislacionista. En solo dos meses, Trump ya ha ordenado ataques con misiles contra Somalia, Irak y Yemen. Y tampoco significa que vaya a abandonar Israel o Europa. Esta franja occidental de Eurasia sigue siendo el continente más estratégico del mundo: si Rusia o China llegara a controlarla, dominaría el planeta y se enfrentaría directamente a Estados Unidos en el Atlántico.

Sin embargo, Estados Unidos está cansado de ser potencia hegemónica y ya no está dispuesto a pagar por mantener el orden mundial. Trump está desmantelando el status quo para construir nuevos equilibrios de poder. El “imperio del bien” ya es historia. Si Estados Unidos puede anexionarse Canadá, Groenlandia o Panamá en nombre de su interés nacional, entonces — según su lógica — está justificado.

Como ha afirmado el propio Trump: “¿Quién sabe, quizás algún día Ucrania será de Rusia”, si Rusia fuera capaz de conquistarla? Y probablemente — para Trump — lo mismo aplicaría a Taiwán y China.

Pero más allá de todo esto, Estados Unidos no está preparado para una guerra con China. El propio Elbridge Colby, asesor de defensa y fiel seguidor de Trump, declaró en el Senado durante su proceso de confirmación que la brecha entre las aspiraciones de dominio global y la realidad militar estadounidense —“The Lippmann Gap”— es tan amplia que, si una potencia enemiga decidiera poner a prueba ese farol, el resultado sería una catástrofe.

La prioridad, por tanto, es evitar que se consolide un frente unido de enemigos (Rusia, China, Corea del Norte e Irán), evitar una guerra en el presente yprepararse militarmente para afrontar a China en un posible conflicto futuro, ya que la disuasión es la única forma realista de evitarlo. Sobre todo, hay que separar a Rusia de China. Y el momento es propicio.

El interés nacional de Rusia

Moscú necesita reconstruir su economía, que es estructuralmente débil y está afectada por una guerra desastrosa y sanciones que han perjudicado a muchos sectores. Además, debe afrontar problemas estructurales como la escasez de mano de obra y el declive demográfico, desafíos que el Kremlin tendrá que gestionar durante muchos años.

Durante décadas, Rusia ha interpretado como un peligro para su seguridad nacional los intentos de Estados Unidos y Europa de expandir la OTAN hasta sus fronteras occidentales. Sin embargo, una Rusia que, gracias a un acuerdo global con EE.UU., ya no tuviera que preocuparse por amenazas provenientes de Occidente, podría redirigir su atención hacia Asia, donde ha perdido gran parte de su influencia desde la caída de la Unión Soviética. A pesar de las frecuentes declaraciones conjuntas sobre una asociación estratégica “sin límites”, Rusia y China compiten en el mismo espacio euroasiático, no confían mutuamente y se desprecian.

Hasta la fecha, el Kremlin no ha tenido más opción que aceptar la expansión de la influencia geoeconómica de China en Asia Central, una región históricamente dentro de la órbita rusa, por la cual Moscú y Pekín ya se enfrentaron cuando ambos estaban gobernados por regímenes comunistas.

Además, los rusos no han olvidado lo rápido que China se distanció de la Unión Soviética para acercarse a Estados Unidos, una decisión sin la cual China no habría podido convertirse en una potencia global. Por último, los rusos hoy sufren por haber sido relegados al papel de socio menor en esta relación de “amistad sin límites”.

Pese a todo ello, Rusia sigue siendo la segunda potencia militar del mundo, una posición que no quiere ceder ante China. Pero, para evitar ese desenlace, Moscú debe reconstruir su economía y reorientar su atención hacia sus territorios orientales. Este es el nuevo camino que indican los seguidores de la política de “siberianización” de Rusia: think tanks (como el Izborsky Club), civilizational-state thinkers, élite euroasianistas y policy intellectuals cercanos al Kremlin. Esta “nueva plataforma civilizadora” rechaza el fallido liberalismo occidental, abraza la identidad espiritual multiétnica rusa y propone una visión de un futuro siberiano para relanzar una misión de servicio, en contraposiciónal modelo consumista occidental. La oportunidad de proyección hacia este se ve hoy favorecida por el hecho de que China, cuya economía está en relativo declive, se encuentra distraída por una competencia abierta con Washington.

Si Rusia lograra una distensión con Estados Unidos, podría convertirse en un actor relevante. Durante al menos una generación, el Kremlin ha visto el desafío chino a Estados Unidos como algo beneficioso. Pero hoy, Moscú empieza a considerar el crecimiento tecnológico de Pekín como una amenaza directa y a China como su adversaria más peligrosa.

La guerra en Ucrania ha demostrado a los rusos que no pueden ganar un enfrentamiento con Occidente y que probablemente deben mirar hacia Oriente. Y el momento es propicio.

El interés nacional de China

Al igual que Estados Unidos, China tampoco está preparada para una guerra de gran escala. El Ejército Popular de Liberación sigue en “construcción”. El interés de Xi Jinping es llegar a un acuerdo con Trump antes que Putin, evitar el aislamiento estratégico y conservar el acceso a las cadenas globales de suministro, especialmente en el ámbito tecnológico, hoy dominado por Estados Unidos y sus aliados.

La China de Xi se presenta externamente como una potencia cohesionada y en ascenso a nivel global. Sin embargo, en su interior, está atravesada por profundas fracturas: tensiones étnicas y territoriales, desequilibrios económicos regionales, malestar social juvenil y rigidez de su sistema político.

Hasta ahora, el Partido Comunista ha logrado contener estas contradicciones gracias a un poderoso aparato represivo y a una narrativa nacionalista. Sin embargo, a largo plazo, la incapacidad estructural para abordar esas divisiones podría convertirse en un límite definitivo para la estabilidad del modelo chino.

El “Sueño Chino” y el “Resurgimiento de la Nación”, lanzados por Xi en 2012, aspiran a completarse para 2049, en el centenario de la República Popular, mediante la construcción de una “sociedad próspera en un gran país socialista moderno”. Pero los objetivos, más allá del crecimiento industrial, siguen siendo lejanos: la autonomía tecnológica, la reducción de las desigualdades, la seguridad nacional (es decir, un ejército fuerte), la globalización de sello chino a través de la Iniciativa de la Belt and Road Initiative, la proyección deinfluencia en las instituciones globales y la cohesión interna bajo la dirección del Partido, siguen siendo, por ahora, un “sueño”.

Por todo ello, es probable que el gobierno adopte una actitud más diplomática — más en línea con el pensamiento estratégico chino — para lograr la unificación con Taiwán, como parte de su compromiso con su pueblo. Podría así intensificar sus esfuerzos para persuadir a otros países de que no apoyen la causa taiwanesa. Absorber la isla mediante un aumento de la influencia política, cultural y económica — y así evitar la guerra con Estados Unidos y Japón — sería mucho más conveniente y coherente con la historia china. La República Popular ya enfrenta retos sociales y económicos complejos y no está claro cómo asimilaría un conflicto en sus propias puertas.

El Imperio del Medio comparte muchas de las fragilidades de la América de Trump: tensiones identitarias, polarización interna, desafíos industriales y militares. Las divisiones étnicas, el malestar juvenil y las debilidades estructurales que lastran a China son, en clave autoritaria, el espejo de las fracturas democráticas occidentales.

Por eso, el enfrentamiento entre Pekín y Washington no es solo geopolítico, sino también sistémico: entre un autoritarismo en crisis de legitimidad y una democracia en crisis de confianza.

El nuevo orden mundial

Para Estados Unidos, poco preparado para una guerra y reticente a enfrentarse a ella, la estrategia obligatoria es la détente, tal como ocurrió tras la derrota en la guerra de Vietnam. Sin embargo, esa distensión también es necesaria para Rusia y China. Trump lo sabe y, en su visión, el orden mundial se definirá mediante acuerdos transaccionales con Moscú y Pekín para repartirse las zonas de influencia. Y las tres grandes potencias ya han dejado claro cuáles son sus objetivos geopolíticos.

Para las potencias medias, hay margen para maniobrar, como intentan hacerlo India y Turquía, que a veces se acercan a Rusia, otras a China y otras a Estados Unidos.

La Unión Europea no es una nación, sino una colección de Estados. No tiene un interés común ni constituye un sujeto geopolítico capaz de proyectar poder.

Su futuro, por tanto, sigue siendo una incógnita. Para las pequeñas potencias vasallas de los tres grandes actores geopolíticos, imponer su propio interés nacional será cada vez más difícil en un mundo sin ancla y, por ello, cada vez más dominado por el caos.